lunes, 21 de junio de 2010

2010: Reabrimos el blog

Este año, los alumnos de 5º 1ª han aceptado publicar sus producciones en el blog. Sus trabajos de redacción son muy buenos, reflejan creatividad, talento y reflexión sobre las cosas cotidianas, la realidad actual y los hechos extraños. Estos chicos tienen bien en claro lo que quieren, son responsables, pensantes y curiosos. Me da gusto tenerlos como alumnos, aprendo mucho de ellos, ojalá que el blog siga adelante con sus valiosos aportes y el de los lectores. Invitamos a dejar comentarios y sugerencias.


Los chicos trabajaron sobre dos cuentos de Gabriel García Márquez, en el marco del realismo mágico: "Un hombre muy viejo con unas alas enormes" y "Sólo vine a hablar por teléfono". Las consignas de producción al respecto fueron: a) Tomando como referencia el primer cuento, contar la historia en primera persona y desde la perspectiva del hombre con alas. b) Tomando como referencia el segundo cuento, imaginar una historia donde alguien se vea envuelto en una situación absurda y de pesadilla, debido a un malentendido. Podían colocarle un título a cada uno de los relatos y realizar las modificaciones necesarias, sin alterar el espíritu de los textos originales.


1. "Plumas y rubíes", de Paula Nieva
Ella era chiquita cuando la llevaron, tanto que hacía pensar que cabría en la palma de la mano si se quedaba tranquila. Sus alas apenas sí le permitían planear unos veinte segundos.
Le gustaba mucho el cielo, el mar, el bosque y el desierto, todo lo que estuviera lejos de casa. Uno la veía correr y volaba hacia ella para que no se cayera, para que no creciera tan rápido.
Un día cayó. En medio del océano cayó y tuvo miedo, terror, la pobre, ya que nadie allá arriba tuvo el dulce gesto de enseñarle a nadar. Entonces un delfín se acercó a ella.
-¿Estás bien?
-Mojada y sola, ¿eso es estar bien?
-Aquí abajo hay muchas parecidas a vos, pero vas a mojarte más si vamos, ¿te molesta?
La soledad le aterraba mucho más, así que respiró profundo y buceó junto al delfín hasta llegar a una ciudad pequeña comparada con su casa, minúscula comparada con el mar.
Ella decidió quedarse hasta que sus alas le permitieran volar y, juntando caracoles y arena, logró armar una pequeña casa de paso con paredes rosadas. Sus vecinos no parecían felices con ella y pronto tomaron la costumbre de ir a su casa por las noches y arrancar un par de plumas de sus crecientes apéndices, haciéndoles sangrar pequeñas joyas rojas. Eran verdaderamente preciosas, cristalinas, brillantes, rojizas, del tamaño de una lágrima, "quedarán preciosas entre los corales de mi casa", solían pensar.
La desdichada lloraba horas al despertar, cuando veía la pobre piel de gallina donde debería estar su maravilloso plumaje.
Cuando fue más grande, lo suficiente para viajar en tiburón, juntó sus pequeñas cosas y cruzó el mar. Pasó años con los lobos para recuperar sus alas, al fin disfrutaba de la tierra bajo sus pies en intensas carreras contra los caminos.
Años, décadas, miles de días después, ella lucía cabello azulado rozando sus pies y una risa bestial y canina, digna de alumbrar una prisión abandonada con su energía. Fue entonces cuando la vi, jugando con el pelaje de un animal casi tan grande como ella, como yo.
Le pregunté si quería volver conmigo y ella me miró con ojos cándidos antes de reír profundamente (por algo sé de su risa, ¿ven?).
-¡Imposible!, con todo un mundo por conocer.
Entonces se dio media vuelta y jamás la volví a ver.


2. Relato de Martín Prebble.
Por fin logré escapar de mi tormento, tres días y tres noches pasé en ese patio mugroso o al menos eso escuché decir a la pareja que me encontró.
Me pegué tal golpe desde allá arriba que todo ese tiempo ni sentí cómo me picaban los cangrejos.
Me hablaron y entendí, pero mi único dialecto es el de los dioses y no pude contestarles. Llamaron a una especie de gitano que les delató lo que yo era, y a la noche me visitaron en un gallinero, como si fuese una especie de animal; y al día siguiente, todo el vecindario se había enterado.
No me trataban con el respeto que merecía. Después de tanto luchar por ellos, me sorprendió cómo podían tratar así a alguien que les resultaba extraño y, a la vez, tan humano. Un obispo recitó parte del Viejo Testamento.
Acostado, cansado de tanto tormento, esto me parecía una cama cómoda (el gallinero), después de todo lo que pasé. El cura me revisó de frente, y yo atiné a decirle "Sálvame, ten piedad!, pero éste hablaba latín y no mi idioma.
Pasaron los días, cobraban cinco centavos para verme, ¡qué indignante! Me tiraron de todo para comer, ¡qué poco deben conocer de nosotros, los ángeles!
Días y días siguieron pasando, soporté maltratos de varias personas, hasta que al fin se cansaron de mí, por suerte. Tiempo más tarde pasé por la casa y me sacaron a escobazos, después de todo lo que les había dado.
Luego de tantos milenios, el hombre no estaba preparado para el regreso de Dios a la Tierra.
Y es por eso que yo, Ícaro, desplegué mis alas y me fui decepcionado, una vez más, por los humanos.


3. Dos relatos de Florencia Miremont.
a) Yo soy un hombre avergonzado de mi cuerpo. En él, he recibido mucho maltrato, y mi apariencia es de un anciano, a pesar de que solo tengo veintiún años.
Llegué al mundo para que los hombres y las mujeres de la Tierra tuvieran esperanzas y sueños y nunca se dejaran derrotar, pero algo salió mal desde un principio, algo no fue pensado.
Cuando arribé a la Tierra, esta me parecía hermosa, llena de vida, de luz, había lugares en donde uno no podía evitar quedarse al menos unas horas, había una belleza inexplicable y hasta se olía en el aire.
Mi trabajo era fácil, tenía que hacer que la gente del mundo volviera a creer en las cosas imposibles, y yo soy un "imposible". Si estoy acá, la gente va a confiar en que hay más que solo trabajar para vivir, que hay sueños que se pueden cumplir; y la vida así no va a ser menos cansadora, pero sí más satisfactoria. Este era mi pensamiento al llegar; pero, ni bien descubrieron quién era yo, me persiguieron, me sofocaron y me atraparon como a un fenómeno.
-¡Soy un ángel, no deben hacerme daño!
Nadie quería oír a un ángel, con tantas guerras, hambre, muerte por todos lados. Lo hermoso de la Tierra ya no era visto por las personas, y a mí me odiaban, me preguntaban por qué había venido, qué quería; yo les respondía la verdad, siempre puede haber esperanzas.
Todos los ángeles tenemos un brillo, y depende del estado de ánimo si es más intenso o no. Yo casi no tenía nada, estaba asustado y golpeado, no podía contener mis alas y me las encadenaron; la esperanza que podía salvarme me estaba siendo robada incluso a mí. Me sometieron a infinidades de pruebas y experimentos para ver mis reacciones; y mi única reacción era el dolor porque, cuando uno decide bajar a la Tierra, sus facultades de ángel quedan casi nulas, y el dolor es muy nuevo para nosotros.
Todos los experimentos a que fui expuesto provocaron que yo perdiera mis alas y que envejeciera mucho más rápido. Me dejaron en libertad a partir de estos hechos, a partir de que ya no era un ángel y de haber dejado de ser "útil", según ellos, por ser demasiado viejo. Pero no es así, porque hoy voy a recuperar mi juventud, porque no hay nada que no pueda hacer para volver a ser lo que era.
Hace unos meses conocí a una mujer, ella tiene esperanza, fe, felicidad y vida, tiene lo que me robaron, y yo puedo sentir todo eso. Y me transformo , y de a poco me siento más joven, más vivo, más ángel. Estoy dispuesto a buscar más personas como ella y voy a hacerme ángel nuevamente con un beso, con una conversación; solo eso se necesita, una amistad, para ser lo que era y poder volver a mi lugar siendo más sabio. Así podré regresar y curar a los seres humanos de la vida triste que llevan, salvarlos como ellos me salvan a mí. Para ser un ángel de nuevo solo preciso el amor, la esperanza, la fe y la compañía.

b) Sofía Navarro tenía diecinueve años y era mi mejor amiga en la secundaria. Tras su graduación nos veíamos los fines de semana para salir o quedarnos en casa a ver películas.
Tras unos meses, ella conoció a un muchacho en la facultad y se enamoró de él. Me hablaba mucho, por teléfono, de aquel chico de tez blanca y ojos de cielo, lo alababa demasiado. Me pasó, por Internet, unas fotos con él, y no era gran cosa, en fin, ella lo amaba.
Después de un tiempo, no supe nada de Sofía, lo último fue que se había casado con él a los cuatro meses de estar de novia, ¡increíble!, y que se habían ido a vivir a otra provincia. Imagínense, yo no podía creer que no hubiera contado nada ni a mí, su mejor amiga. Estuve mucho tiempo enojada con ella, aunque en secreto la extrañaba.
Terminé el secundario luego de un año difícil y entré al CBC. Igual que Sofía, conocí un muchacho y nos hicimos amigos; con el tiempo quisimos un poco más y un poco más, al cabo de medio año estaba de novia.
Pero un día me dijo que no podíamos vernos porque su hermano regresaba a casa muy mal por haberse separado de la esposa, quien lo había abandonado de un día para el otro. Yo no podía reprocharle nada.
La vida transcurrió tranquila, hasta el año siguiente, cuando recibí una carta de Sofía, donde me contaba que estaba sola y asustada. No sabía qué hacer, ya que la carta no tenía dirección alguna, lo que me pareció un indicio de que estaba relativamente cerca. Le comenté mis preocupaciones a mi novio, y él accedió a ayudarme. Preguntamos a los vecinos por la persona que dejó esa carta, pero no habían visto a nadie. La madre de Sofía no sabía nada y no quise preocuparla.
Recibí otra carta, esta vez con una dirección y la firma de mi amiga; no era cerca, pero se podía llegar en tren.
Le pedí a mi novio que me acompañara, ya que no me atrevía a ir sola. Cuando llegamos, vimos una casa antigua pero muy bien conservada, parecía que sus habitantes eran gente de mucho dinero. Tocamos timbre y preguntamos por Sofía. “En la casa no hay ninguna Sofía", nos respondieron y nos cerraron la puerta en la cara.
Seguí recibiendo cartas con la misma dirección. Me volvía loca vigilando la casa para ver si ella estaba. Cuando la vi por una ventana, no lo podía creer; era Sofía vestida a lo antiguo, toda sucia y triste. A su lado, una anciana la llamaba hija y le pegaba un cachetazo cada vez que no le contestaba bien. Había hombres y niños, todos con atuendos antiguos. Fue entonces cuando me vio; se le habían iluminado los ojos, pero desvió la vista para no levantar sospechas.
Con mi novio planeábamos la forma de sacarla de aquel lugar tan extraño, y me comunicaba con ella a través de correspondencia que le dejaba en un arbolito de la casona.
Sofía escapó una noche, mientras nosotros distraíamos a los extraños. Una vez en mi casa, me contó que había ido a comprar unas cosas antiguas y quedó fascinada con un armario muy bonito. Supo por el dueño del anticuario que ese armario era de una familia un poco mal de la cabeza, con la cual debía negociar el precio. Se dirigió a la dirección que le dio el hombre. Ni bien entró en la casa, una anciana la abrazó y la besó como si se conocieran de toda la vida; la llamaba Estefanía y no entendía que su nombre era Sofía y su visita era por el tema del armario, la condujo a una habitación. Al parecer, Estefanía era la hija de la anciana, de niña había huido de la casa por la locura de que su familia vivía en otra época. Mi amiga me explicaba que, como la confundían con esa chica, la tenían encerrada por ser una "mala niña", le hacían rezar arrodillada sobre sal gruesa y no sabía a quién recurrir. Aprovechando algunos descuidos de los dueños de casa, se hizo amiga de un paseador de perros, a través de él me llegaban las cartas.
Por suerte, todo se había solucionado, aunque estaba muy deprimida a causa de que durante ese tiempo no veía a su esposo. Cuando le presenté a mi novio, quedó atónita, pues ella lo reconoció como su cuñado, y le pidió la llevara a reunirse con su marido, de quien estaba alejada por las circunstancias que había relatado.
Ahora todos estamos bien, yo con mi amiga y mi novio, y ella con su marido.


4. Dos relatos de Romina Duarte.
a) Un día lluvioso, algo extraño cayó del cielo, tenía grandes alas, pero se veía triste. El pueblo era pequeño y de pocos habitantes, por lo que al día siguiente todos comentaban esto, pero no decían "un ángel cayó del cielo", sino "un monstruo cayó del cielo". Él se sentía humillado y triste por ello.
Vino a la Tierra para ayudar, llenar de paz y amor a aquel pequeño pueblo, pero sólo consiguió que lo apedrearan y lo exhibieran en una vitrina.
Ya no aguantaba aquella situación, por lo que decidió escapar; para ello planeó salir en la noche, cuando le llevaran agua, porque solo eso le daban. Quiso empujar a la dueña de casa, pero no pudo, sintió que eso estaba mal.
Entonces no le quedó más que esperar. Pasaron los días, meses, tal vez años; el ángel ya no era rentable, no producía dinero, por eso fueron dejándolo de lado. En el pueblo había aparecido un elefante con dos trompas, ahora era eso la atracción.
Un día, dejaron de cerrar las puertas con esas grandes cadenas, y al día siguiente y al siguiente... Después ni las cerraban, porque querían que se fuera. Él no lo entendió, pero ya no tenía fuerzas, había pasado demasiado tiempo.
El tiempo transcurrió, y el ángel seguía ahí. Pero un hermoso día, en el cual el sol brillaba y las flores florecían, desapareció. Nadie pudo explicar cómo pasó tal cosa, ya que él no poesía fuerza alguna; pero tampoco les interesaba, porque la intención era que él se marchara.
Todo siguió igual, como si lo del ángel nunca hubiera sucedido.

b)
María Fernández era una estudiante de psicología, vivía con sus padres en Bogotá. Era responsable y un poco sigilosa, pero al mismo tiempo, alocada y de mal carácter. Una vez se escapó de la casa y fue a lo de una amiga; estuvo ahí por dos semanas, porque había discutido con su papá, el cual por alguna razón no la buscó.
Había pasado mucho tiempo, y aquella niña había madurado y ya no hacía aquellas niñerías.
Un día, cuando iba a la facultad, la encapucharon y se la llevaron; estaba muy asustada, porque no entendía lo que pasaba. Le decían que era una fiscal y que no la dejarían concretar aquel caso tan importante que tenía a su cargo; ella les repetía que estaban equivocados, que sólo era una estudiante, pero de nada sirvió.
Al transcurrir el tiempo, María se percató, o pr lo menos sentía, que nadie la estaba buscando, más se reafirmó esto ala recordar aquel episodio en el que se había fugado. Su padre le había dicho "si volvés a desaparecer, tampoco te voy a buscar, porque estoy harto de tus pendejadas".
Ella necesitaba escapar, le habían perdonado la vida sólo porque resultó ser la homónima de aquella fiscal y nada tenía que ver con aquel caso que tanto los preocupaba. Estaba en un estilo de campamento situado en la selva, porque así era como operaban las FARC, se internaban en la jungla con sus prisioneros.
Pasaron dos años y no lograba escapar, hasta que un día le concedieron la libertad. Ella, contenta, se fue en busca de sus padres. Al reunirse con ellos, entendió que aquel no era su lugar, por lo que volvió a la jungla en busca de los guerrilleros. Buscó y buscó sin resultados, hasta que los encontró, les rogó que la incorporaran a su fuerza, porque afuera no le quedaba nada por hacer.
Así fue como se convirtió en una de las más grandes líderes de aquella organización.


5. Dos relatos de Karina Gómez.
a)"Mis enormes alas"Yo era un hombre no tan común entre la gente, por mis enormes alas. Todos creían de mí que era un hombre raro... Yo no era eso, era un ángel, un ángel seleccionado por mi gran Señor. Mi misión era bajar a la Tierra para ayudar a esa persona que me necesitaba. Él era un hombre que, por problemas de salud, quería suicidarse, era un hombre solitario, con muy pocas ganas de vivir, ya que le habían detectado un cáncer.
su vida siempre fue solitaria; sus padres lo abandonaron de chiquito y los pocos "amigos" que tenía, dos o tres, se hicieron a un lado cuando se enteraron de su enfermedad. Mi misión era ayudar a este hombre, ya que como ser era excelente. Pero luego sucedió.... Cuando bajaba del Cielo a la a la Tierra, una rama lastimó una de mis alas y esto me impidió seguir volando a destino. Fue en ese momento que caí y me desmayé. Al despertar, me encontré encerrado entre cuatro vidrios, estaba ahí dentro de ese "cubo de vidrio". Creían que yo era una exposición, ya que quien me encontró y me privó de la libertad me tuvo en ese "cubo" durante mucho tiempo, y muchas personas iban a verme con curiosidad y pagaban fortunas por observarme.
Después de ese largo tiempo de exhibirme como un objeto extraño, me devolvieron la libertad. Ascendí al Cielo y me reencontré con mi gran Señor; ya éramos dos ángeles a su lado: ese hombre a quien fui a ayudar y no pude, y yo.

b) "¡Una voz que llora!"
Siempre viví solo, desde mi adolescencia hasta hoy. Siempre fui una persona muy humilde y me gustaba mucho ayudar a los demás.
Una noche, cuando me había acostado, en el momento en el que me estaba por dormir, escuché a un anciano que lloraba, agarré mi bata y fui a ver quién era el hombre. Salí de mi casa y seguí el ruido del llanto, hasta que me encontré con un anciano que lloraba en la plaza.
Le pregunté qué le sucedía, y me contó que se había quedado sin vivienda hacía un mes y que era horrible dormir en una plaza con todo el frío y el hambre. "En mi casa había lugar de sobra." Entonces le propuse que se fuera a vivir conmigo, y él aceptó.
Todas las noches, antes de ir a dormir, escuchaba esa voz que lloraba y siempre salía en busca de ella. Recorrí continentes, países, provincias, ciudades. Siempre había alguien que me necesitaba, y yo le brindaba ayuda. Hasta que los vecinos empezaron a sospechar de mí, por mis salidas nocturnas. Un día hubo un asalto en esa casa y me culparon a mí.
Ahora me encuentro encerrado entre rejas y siempre escucho esa voz que llora, me desespero al no poder hacer nada.


6. Dos relatos de Carolina Aquino.
a) En un tormentoso día de lluvia, iba volando en busca de un niño enfermo, cuando de repente un rayo me alcanzó, lastimó mis alas y me hizo naufragar en el mar. Desperté muy débil en una pequeña playa de pescadores. No entendía nada, ni cómo ni cuándo había llegado allí. Un pescador llamado Pelayo me recogió y, como una bolsa de papas, me tiró en su gallinero encima de toda esa materia fecal, como si fuera un perro sucio.
Nunca supe por qué todo ese rechazo de estas personas hacia mí. ¿Será porque estaba muy viejo o porque mis enormes alas los asustaban?
Pero había algo más. Cuando empezaron a llegar personas de todo el mundo a visitarme, no podía creer que venían tan solo a que los ayudara en sus necesidades, y no pensaban en mí, que me estaba muriendo por dentro. Por tal causa, yo ayudaba a esa gente pero no por completo, necesitaba estar libre para ello.
Una mañana me desperté bien de salud, a mis alas les habían brotado nuevas plumas, grandes y firmes, que esta vez ni la tormenta derrumbaría. Me sentí muy vigoroso, con una recuperación absoluta,. Me marché, porque el niño que había ido a buscar aquella tormentosa tarde de lluvia se había curado.

b) Tenía veintiún años, su nombre era Isabel, tenía tantas idas y vueltas en su vida como pulgas tiene un perro.
Lo único que le gustaba hacer en su tiempo libre era vagar. Y un día, paseando por el centro, logró ver cómo un grupo de estudiantes de la preparatoria asaltaba un banco. Llamó a la policía en un acto repentino y se quedó anonadada e inmóvil por el hecho. En ese momento, llegaron los policías, la confundieron con una asaltante y se la llevaron. No se dio cuenta de que el celular, su única evidencia de que era inocente, se cayó en medio del forcejeo. Cuando llegaron a la delegación, ella trataba de hacer entender quién era, pero lo único que respondía la policía era: "Tiene derecho a guardar silencio". No sabía qué hacer, tenía que escapar o esperar un juicio por esa causa.
Llamó a su padre, que era abogado, no le creyó, por la vida licenciosa que ella llevaba. Entonces fue encarcelada, no logró probar que era inocente y fue condenada a quince años de prisión.

domingo, 31 de agosto de 2008

REPRESENTACIÓN TEATRAL

Una muy buena noticia: Unos cuantos chicos están dispuestos a representar alguna de sus producciones en la escuela. Queda sólo acordar quiénes van a actuar y cuándo. ¡Felicitaciones, chicos, por animarse! Seguro que se van a lucir.

lunes, 25 de agosto de 2008

Invitación

Invitamos a los chicos de 5° 1° a que entren en el blog, vean sus propias producciones, recomienden textos de ficción y hagan comentarios y sugerencias. Ojalá nos deleiten con nuevos cuentos, poesías y otras formas literarias.

sábado, 9 de agosto de 2008

5° 1° Liceo 11


BIENVENIDOS/AS

Bienvenidos a este flamante blog. Los alumnos de 5° 1°, Liceo N° 11 "Coornelio Saavedra", de Villa Urquiza, CABA, los invitan a leer y a comentar sus producciones, en el marco de una propuesta de la profesora de Literatura (primer cuatrimestre), María Graciela Torres.


Ellos son:
Álvarez, Andrés; Alzugaray, Maia; Divanni, Guillermo; Ferro, Juliana; Ferro, Mariana; Gómez, Alan; Kirianovicz, Gastón; Leguizamón, Claudio; Olmedo, Marcos; Pérez, Sofía; Priore Tello, César; Rosales, Romina; Schilliro, Santiago.

Opinión de la ex profesora, Torres
Son trece jóvenes entusiastas y sensibles, que combinan talento con imaginación. Son, además, conscientes de que comunicar es "compartir", y de que una obra escrita, una vez publicada, se convierte también en propiedad del lector.
Ahora me refiero a ellos con nostalgia, porque no los veré en el aula durante este cuatrimestre ni en la escuela el próximo año. Pero seguirán desplegando en mi memoria su apabullante vitalidad, su alegre estridencia y su responsable libertad.

Narraciones
Un cuento de María Juliana Ferro. Este original cuento y su forma de redactarlo revelan que Juliana tiene condiciones de una verdadera escritora.
“Alas”

Estaba en una habitación con las paredes pintadas de blanco. Sobre una de las paredes se proyectaba un fino haz de luz blanca y, debido a la pulcritud y al espesor de la pintura blanca, se reflejaba en las tres paredes restantes, iluminando la habitación por completo.
La temperatura era baja. Más por la falta de vida que por otras razones el frío reinaba en todo el ambiente.
En la pared opuesta al muro donde se proyectaba la luz, estaba ella, desnuda y vulnerable, parada al pie de una escalera de cemento blanca que conducía a ninguna parte o, más precisamente, hacia uno de los vértices superiores de la blanca habitación. Marcadas en sus escalones había disimuladas huellas blancas, que apuntaban hacia todas las direcciones y que transmitían inquietud, desesperación, la presencia de una artista.
Agotada, se sentó al pie de la escalera y, abrazando sus piernas flexionadas, se tomó las manos y perdió su ciega mirada en el todo blanco, ausente, ajena, llena de vida. Así estuvo un tiempo hasta que sintió en el suelo, justo debajo de la pierna izquierda, una pequeñísima vibración. Recuperó todos los sentidos en un abrir y cerrar de ojos y clavó la mirada penetrante en el otro extremo de la habitación, donde pudo ver que algo se movía. Algo muy pequeño, insignificante, caminaba trabajosamente a lo ancho del cuarto, lo atravesaba por un blanco camino con un objetivo seguro.
La mujer, conmovida por la ínfima criatura, hizo un esfuerzo y se puso de pie; lentamente fue acercándose hacia aquella milagrosa aparición que por momentos se confundía con el blanco del suelo y de las paredes, y de la luz, y la perdía de vista. Pero, una vez que estuvo a pocos pasos de distancia, pudo distinguir a una hormiga, de las coloradas, pero esta era blanca. Cargaba en su espalda una pequeña rama blanca, de alguna extraña especie de árbol.
Ella se arrodilló en el suelo muy cerca de la hormiga, y la siguió en su recorrido con la mirada, confundida, hasta que el insecto, así como había llegado, se marchó por un imaginario hueco que había abierto entre los blancos ladrillos de la pared.
La joven volvió a quedar sola en la habitación. Se incorporó brusca y torpemente para verificar rastros de aquel espejismo, se dirigió rengueando hacia el hueco. Pero la pared estaba más perfecta que nunca, lisa, llana toda, desde donde ella creía que estaba el techo, hasta la superficie donde estaba parada, si era que lo estaba.
Después de unos minutos, creyó sentir una brisa ligera rozándole la nuca descubierta. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo de pies a cabeza, y de un salto giró con todo su peso y pudo ver que sobre su cabeza, muy alto, volaba un blanco pájaro. Un chillido agudo y ensordecedor hizo que la muchacha se asustara y corriera hacia un ángulo de la blanca habitación, desde donde siguió observando el vuelo de aquella blanca y majestuosa águila, quien sin saberlo le daría la libertad. La vio posarse en un blanco árbol en la cima de una blanca montaña. Allí se quedó un largo tiempo hasta que sus miradas se encontraron por una fracción de segundo. Y todo aquel maravilloso paisaje que ella había distinguido y coloreado a su antojo desapareció como por arte de magia.
Estaba confundida, impotente, pero lo había entendido. Veía las formas y los colores en la nada. Vio una locomotora que aparecía en una de las paredes y recorría rápidamente el resto con todos sus vagones para desaparecer en la primera. Vio una mesa, vio nevar, una familia, otro árbol con hojas verdes, un viejo, una taza de té humeante. Vio todas las cosas que formaban parte de su mundo. Por último vio cuatro paredes blancas, y un haz de luz blanca que se proyectaba en una de ellas y que, a su vez, se reflejaba en las tres restantes, iluminando la habitación por completo. Y, en el medio, un pincel y una lata con pintura blanca.
Por un blanco camino, ella fue hasta la blanca pintura con un objetivo seguro. Entonces tomó el pincel y comenzó por los pies, luego las piernas; después se pintó de blanco el vientre, el pecho, el cuello, los brazos…

Obras de teatro
Los chicos, en tres grupos, crearon obras de teatro. Éstas debían responder a unas consignas de la profesora y superaron ampliamente las expectativas de ella. No hubo tiempo para la representación teatral durante el primer cuatrimestre. Al tercer grupo no le interesa publicar su trabajo ni representarlo. De todos modos, son dignos de destacar las sorprendentes aptitudes de todos ellos como escritores, su entusiasmo y dedicación.

Primer grupo
Nombre de la obra: ¿Dónde está Irma?
Autores: Marcos Olmedo, Andrés Álvarez, Sofía Pérez, Maia Alzugaray y Mariana Ferro
Personajes:Mucama: Irma
Mujer de la casa: Marta
Hombre de la casa: Miguel
Jefe: Eduardo
Mujer del jefe: Miriam
Hija de Miriam y Eduardo: Marianita

PRIMER ACTO
Los hechos transcurren en el comedor de la casa de Miguel, donde hay una mesa con cinco sillas. En la habitación, se encuentra barriendo Irma, que deja la escoba y se va. Entra en escena Marta, la mujer de la casa…
Marta.- ¡Irma, Irma! (A los gritos. Mira hacia todas partes.) Pero ¿dónde está esta mujer?
(Irma aparece en escena.)
Irma.- Acá estoy, señora. (Pregunta de mala gana.) ¿Qué necesita?Marta.- Poné la mesa, Irma, que tenemos una cena importante.
Irma.- No, señora, no voy a poner la mesa.
Marta.- ¡Dale, Irma, poné la mesa!
Irma.- No, señora, yo me tengo que ir, ya le había avisado.
Marta (Insistiendo.).- Ay, Irma, es por hoy nada más…
Irma.- No, señora. (Exaltada.) Encima que no me paga hace dos meses, me tengo que quedar horas extra. Ponga la mesa usted, que yo me tengo que ir.
(Entra en escena Miguel, acomodándose la camisa.)
Miguel (Haciendo un gesto de coquetería.).- ¿Cómo estoy?
Marta.- Perfecto, pero acá está pasando otra cosa… Irma no quiere poner la mesa porque hace dos meses que no le pagamos.
Miguel (Insistiendo, tratando de convencer.).- Dale, Irma, poné la mesa y te prometo que… ¡te damos un aumento!
Irma.- ¿Qué aumento? Si me quiere pagar, págueme lo que me debe.
Marta (Tantea su busto y extrae de su corpiño un billete arrugado, lo mira y agrega.).- ¡Cinco pesos! (Como si fuera lo mejor del mundo.)
Irma (Histérica.).- ¡¡¿¿Cinco pesos??!!
Miguel (Por si a la otra le daba vergüenza.).- Dale, Irma, aceptalos, no seás así, no te hagás…
Irma.- ¿Qué no me haga qué? ¡¿Cinco pesos?! ¿Ustedes me están cargando?
Marta.- ¡Cinco pesos es un montón, Irma!
Irma.- ¡Con cinco pesos yo no le doy de comer a mis hijos!
Miguel.- Bueno… (Tantea en su bolsillo, saca otro billete y agrega eufórico, como para cantar el bingo.) ¡¡Que sean diez!!, pero poné la mesa, ¿ehh? (Sonriendo.)
Marta.- ¡¡Mirá, Irma, diez pesos!! (Excitada, apurando.) Dale, dale, a poner la mesa.
Irma.- Usted definitivamente me está cargando.
Marta.- No, Irma… dale, agarrá. (Le pone los diez pesos en la mano.)Irma.- Por favor, señora. ¡¡¡Usted me debe dos meses y me ofrece diez pesos!!! (Histeriquísima.) Págueme lo que me debe y quédese con sus diez pesos. (Los tira al piso violentamente.)
(Marta desesperada los levanta y los guarda como un tesoro, y la mira extrañada como si fuera una desagradecida. Mientras se queda observándola de ese modo, Miguel agrega.)
Miguel.- Dale, Irma.
Irma (Ofendida.).- No, me voy. (Comienza a caminar hacia la puerta.)
Miguel.- ¡Espere… ponga la mesa!
(Irma se detiene y se da vuelta para contestar.)
Irma. (A los gritos.).- ¡No, y hable con mi abogado, que lo voy a denunciar! (Irma sale de escena.)
Marta.- ¡NOOO! ¡¡¡Correla, Miguel!!! ¡Hacé algo!
(Miguel sale corriendo detrás de Irma, para detenerla la golpea, y ella se desploma. Se escucha un ruido. Marta se asoma y grita desesperada.)
Martha.- ¡Ahhhhhhhhhhhh! ¿Qué hiciste, Miguel? ¡¡¡¿¿¿La mataste???!!!
Miguel.- No, pero yo… (Suena el timbre.)
Marta (Nerviosa.).- ¡¡¡Dale, Miguel!!! (Toma el cuerpo inerte de Irma por las manos.) ¡¡¡Ayudame, que esto es un asco!!! Tiene un olor…
(La arrastran desesperados, comentando la repugnancia que les causa. Prueban acomodarla en otros lugares, pero terminan por dejarla debajo de la mesa del comedor.)
Marta.- ¡¡¡Ahí va!!! (Grita hacia el lado de la puerta; lo mira a Miguel detrás de la mesa con la muerta debajo y le habla en voz baja.)
Marta.- ¡¡El mantel!!
(Miguel corre en busca del mantel y lo tiende en la mesa. Por supuesto, el mantel es largo y oculta el cuerpo de modo tal que queda fuera de la vista del espectador. Marta, entre tanto, abre la puerta.)

SEGUNDO ACTO
Entran en la casa el jefe, su esposa y su hija. En esta parte de la obra, hay dos planos: uno en el que interactúan Marta, Miguel (de más está aclarar que siempre están al borde de un colapso nervioso) y Eduardo; y, en el otro, Miriam y Marianita. Marta los hace pasar, se saludan todos.
Marta.- ¡¡¡Qué linda nena!!! (Mientras habla, le acaricia la cabeza como un niño acaricia a un perro.) ¿O no, Miguel? (Marianita se aferra a las piernas de la madre.)
Miguel.- Siií, hermosa. (Rápidamente agrega.) Pasen, pasen, vamos al patio, así comemos afuera.
(Eduardo mira a Miriam para que dé una explicación.)
Miriam (Pacífica.).- No, es que… Marianita es alérgica al pasto.
Miguel.- Pero ¿cómo?
Marta:- ¿¿Sí?? ¡¡¡NO IMPORTA, LO CORTAMOS TODO!!!
Miguel.- Sí, lo cortamos… total, después crece.
Eduardo.- ¡Pero no, hombre, qué dice! Comamos acá (señala la mesa del comedor.) Es lindo, es más familiar…
(Se mueven los invitados y cada uno ocupa un lugar; los tres invitados ocupan el ancho de la mesa. Marta y Miguel los siguen y ocupan las cabeceras. Miriam y Marianita juegan con las manos, se ríen…)
Miguel (dirigiéndose a Eduardo).- No sabía que tenía una nena.
Eduardo.- Sí… (Le toma la cabeza, y la nena, de vergüenza, abraza a la mamá.) Es muy vergonzosa.
Miriam.- Sí, sí, siempre fue así.
(Interactúan en segundo plano Marta, Miriam y la niña, comentan las mujeres sobre la nena y otros temas.)
Eduardo.- Bueno… (Se tira para atrás, sobre el respaldo de la silla, y se toca la panza, lo mira a Miguel.) ¿Y el fiambre?
Miguel.- ¡¡¿¿Qué fiambre??!!
Marta.- ¡¡¡El fiambre, Miguel!!!, la mortadela, el quesito…
Miguel.- ¡¡Ahh, sií!! ¿Vas, Marta?
Eduardo.- ¡¡La picadita!!
(Marta se levanta y vuelve con una bandeja, la coloca sobre la mesa y los in vitados se sirven. Eduardo le da a Marianita para que coma, Marianita mira a su madre, la madre asiente y come.)
Eduardo.- Acá hay un olor a muerto…
(Marta y Miguel se sobresaltan, los dos neuróticos.)
Marta.- ¿CÓMO? ¿QUÉ DIJO? ¡¡¡MIGUEL!!!
Miguel.- ¡¡¡Noooo!!!... debe ser… el pollo.
(Casi al terminar la oración, lo interrumpe Eduardo.)
Eduardo:- ¡¡¡¡Perdió Boca!!!! ¿Acaso no son ustedes de Boca?
(Marta y Miguel se descostillan a carcajadas nerviosas, irritantes. Los invitados se acomodan y los miran desconcertados; la niña se asusta y abraza a sus padres.)
Miguel (interrumpiendo la carcajada de Marta, le dice con una paciencia nerviosa).- ¿¿Por qué no te fijás si está listo el pollo??
(Marta calla y observa alrededor, se levanta y desaparece de escena.)Miguel.- ¡Ejemmm!
Eduardo.- ¡Qué linda casa tenés! ¡¡Pero hace un calor…!! (Se ventila con el largo del mantel, deja ver al público el cuerpo que hay debajo de la mesa.)
(Marta, en ese instante, entra en escena.)
Marta.- Le fal… ¡NOOOOOO! (Corre y da un salto hacia la mesa.)Miguel.- ¡¡No…!! (Se calma y agrega.) El mantel no.
(Los invitados se incomodan y los miran desconcertados, la niña se asusta y abraza a sus padres nuevamente. Esperan una explicación más o menos lógica.)
Miguel.- Es que… es una herencia de muchas generaciones, es muy importante para ella. (La mira para que le siga la corriente.)
Marta.- ¡¡¡Siiií!!!, es muy importante. (Solloza.)
(Marianita está inquieta. Miriam le da permiso para que juegue. La nena comienza a jugar al “gato ñato” alrededor de la mesa.)
Miguel.- Qué inquieta la nena… Eduardo.- Sí, tiene mucha energía.
Miriam.- ¡Siií!, la hacemos jugar antes de ir a dormir, así gasta las energías y duerme mejor…
(Marta la sigue con la vista, se pone nerviosa y sale detrás a correr a la nena, todos la siguen con la vista.)
Marta.- ¡¡¡Dale, nena, veniiií!!!
(La nena se tropieza, cae y ve el cadáver, todo se detiene. Marta, nerviosa, mira a Miguel, éste le devuelve la mirada a su esposa y voltea hacia Eduardo.)
Marianita.- ¡AAAHHHHHHHHHH! (Corre y abraza a la madre.)Miriam.- ¡¿Qué pasó, Marianita?! ¿Te lastimaste? (La revisa.)
Marianita (le dice bajito a la mamá).- Hay un monstruo debajo de la mesa.
Marta (Alcanza a escuchar.) ¡¡¿¿Un monstruo??!! Jajajajajajajaja.
Miguel.- ¿Pero cómo?
Eduardo.- Viste como son los nenes…
Marta.- Vení, nena. (Va hacia donde está y la toma fuerte de la mano.) Ayudame en la cocina.
(Se van a un plano más alejado. Miguel, Eduardo y Miriam siguen una conversación que se torna muda.)
Marta.- Nena, callate, ¿¿¿ehhh???
(Marianita la mira. Marta se va de escena y vuelve con el pollo, la nena se queda en ese lugar incrustada a la pared. Luego se acomodan las dos a la mesa, y Marta presta atención a la conversación.)
Eduardo.- Claro, como se fue Benítez, va a haber cambios…
Marta (incorporándose). Claro, ocupaba un puesto importante…
(Miriam y Marianita, en su segundo plano. Se nota que la nena está preocupada, no come, no juega. La mamá la mima y le pregunta qué le pasa, etc.)
Marta.- No puede caer en manos de cualquiera… Tiene que ser de un hombre honesto, responsable, trabajador…
Eduardo.- Por supuesto.
Marta.- Alguien como vos, Miguel…
Miguel.- ¿Yo?
Eduardo.- ¿Por qué no? No lo había pensado. ¿Cómo se ve en ese puesto, Miguel…?
Miguel.- Realmente…
(Marta, pensando que su marido lo iba a arruinar, lo interrumpe.)Marta.- Realmente, ¡es el mejor! (Exagera.) Él nació para ese trabajo. Muchos años estuvo luchando, merece un aumento. ¿O no que luchaste, o no que sos el mejor? (Lo mira, lo enfrenta.)
Miguel.- Sí, soy el mejor (asintiendo con desgano).
Eduardo.- ¡¡¡Haberlo dicho antes, hombre!!! Mañana hacemos el cambio…
Marta.- ¡¡¡Qué bueno!!! ¿O no, Miguel? Voy a traer algo para brindar… (Marta se aleja de la escena.)
Miguel.- Le agradezco.
Eduardo.- Bahh, vení nena (Se acerca a la mesa y toma el mantel por el largo. El personaje Irma se va de escena sin que el espectador lo vea.) Vas a ver que no hay nada…
(Marta entra en escena, va llegando al lugar. Mira a Miguel, mira lo que pasa, deja el vino y las copas en la mesa.)
Marta.- ¿¿Qué hace??
Eduardo.- Le quiero mostrar a Marianita que no hay nada.
Marta.- ¡Nooo… deje!
Miriam.- Hay que hacer eso, sino después van por ahí viendo monstruos y esas cosas.
(Eduardo amaga con levantar el mantel.)
Miguel.- ¡¡¡Nooo!!!Eduardo.- ¡¿Qué pasa?!
(Miguel queda inmóvil sin saber qué decir.)
Marta.- Es que… debe estar sucio…
Eduardo.- Ayy, mujer, no se preocupe. (Levanta el mantel de un tirón, Marta y Miguel gritan, Marianita se tapa la cara con las manos.)
Miriam.- ¿Ves que no hay nada, Marianita?
Eduardo.- ¿Qué pasa?
(Marta y Miguel ven que no hay nada, se ponen más nerviosos todavía.)Marta.- Voy a traer la escoba. (Corre en busca de la escoba y empieza a barrer.)
Eduardo.- Bueno… brindemos.
(Marta tira la escoba, mientras Miguel sirve unas copas de vino, y cada uno con la suya festejan todos el asenso.)
Marta.- Bueno… ya es tarde.
Miriam.- Sí…
Eduardo.- Buenn…
(Marta, muy ansiosa, comienza a empujar a los invitados hacia la puerta. Con cumplidos, les abre la puerta y los despide casi echándolos a la calle. Quedan en el comedor, nuevamente, Marta y Miguel. Se miran y se sientan exhaustos. Miguel toma la botella y la empina. Marta observa todo a su alrededor.)
Marta (aceleradísima, contenta).- Ahora, podemos comprar otra mesa, otra tele…
(Miguel toma vino, asiente con la cabeza.)
Marta.- ¡Me puedo comprar mucha ropa, un tapado de piel…
(Se cierra el telón, mientras Marta le pide cosas a su marido. Fin de la obra.)

Segundo Grupo
Nombre de la obra: Coronación dos
Autores: María Juliana Ferro, Guillermo A. Divanni, Alan J. Gómez y Santiago Schilliro.

Cuadro primero
Una cocina pequeña, algo sucia y con muebles antiguos. Hay una mesa con cuatro sillas, una heladera y muchos armarios de cocina con las puertas abiertas que dejan ver pilas de ollas y utensilios de cocina desacomodados. En un ángulo, está Sandra, una mujer cuarentona, hablando por teléfono y cocinando al mismo tiempo. Lleva puesto un delantal de cocinera, un vestido viejo y largo hasta los tobillos y ojotas en los pies.
Sandra: Hacen falta unas cosas de la cocina...No, lo limpié ayer, y quedó bárbaro, ya no gotea el techo.¿Ah, si? Bueno, la del primero me pagó hoy el mes pasado, este mes y el mes que viene por adelantado. Arroz con pollo. No, los muchachos todavía no, pero me dijeron que mañana me iban a pagar febrero y marzo... Bueno, esta bien. No, pero Daniel, yo no... es que... bueno, esta bien. Sí, sí me acuerdo.
(Entra Ramón escondiendo un ramo pequeño de flores detrás de la espalda. Ve que Sandra está hablando por teléfono y se queda mirándola)Sandra: Hablamos más tarde, ¿sí?. Sií, sí me acuerdo, ya te dije (deja de cocinar).Bueno, bueno, un beso. (Se da la vuelta para colgar el teléfono y advierte la presencia de Ramón y se asusta.) ¡Ay, Ramón! ¡Qué susto!Ramón: (Irónico) ¡Bueno! ¿Tan feo soy?
Sandra: (Sonriendo incómoda.) No Ramoncito, es que no te escuché llegar... ¿Hace mucho que estás ahí parado?
Ramón: No, recién llego... y te traje un regalito. (Le entrega el ramo de flores, están todas mustias y caídas.)
Sandra: Son muy lindas, Ramón (conmovida por el gesto), pero no te hubieras molestado... (Llena un vaso con agua de la canilla donde pone las flores, y coloca el vaso sobre la mesada.)
Ramón: ¡Pero Sandrita, mi reina! (Sentándose en la silla que está más lejos de Sandra.) Es lo menos que puedo hacer por la señorita que me da techo y comida hace ocho meses.
Sandra: (Cambia la expresión de la cara repentinamente y comienza a hacer cuentas con los dedos, murmurando.) Son ocho meses en total, pero tres me pagó a treinta pesos cada uno... Faltan cinco, menos medio que el otro día me pagó el otro muchacho son...
Ramón: Y hablando de comida... ¿qué comemos hoy? Tengo un hambre tremendo.
Sandra: ¡La comida! (Corre hasta la olla, la destapa y ve que la comida está quemada.) Carbón.
Ramón: ¡Mi reinita! (Cariñoso.) Si lo preparaste vos, debe estar delicioso. Dale, servime un plato.
Sandra: Te preparo alguna otra cosita... (apenada), está horrible esto, lo voy a tirar a la basura.
Ramón: (Se levanta de la silla y se acerca a Sandra, la toma de la mano.) Yo comería una rica milanesa con papas fritas... pero, como están las cosas, no estamos para andar tirándole margaritas a los chanchos. Una riquísima milanesa napolitana preparada por tus perfectas manos de princesa (le besa la mano).
Sandra: Tenés razón (incómoda) además, recién hablé con Daniel por teléfono... Necesita plata y quiere que todos los inquilinos estén al día con el pago de las habitaciones... Me dijo que si ustedes no me pagaban dentro de dos semanas...
Ramón: (Suavemente suelta la mano de Sandra y se queda de pie a su lado.) La semana que viene te vamos a pagar los cuatro meses y medio que te debemos (excusándose). Lo que pasó este mes fue que Guido y yo tuvimos muchos gastos en materiales para la Facu. Entre libros y pitos y flautas, se nos fue un montón de guita... (apenado). Aparte, el mes pasado llevé plata al orfanato de acá a la vuelta (casi a punto de llorar), es que veía pasar a los chicos tan desabrigados y... (Se tapa la cara con las dos manos y apoya la cabeza en el hombro de Sandra.)
Sandra: (Extrañada.) Bueno, bueno... (Consolándolo, le da unas palmaditas en la espalda.) Voy a comprar un poco de pan para que la comida sea más pasable.
(Ramón asiente con la cabeza, espera afligido que Sandra se vaya, y cuando sale se reincorpora, entonces destapa la olla y mira el interior.)Ramón: Esto es un asco. (Lo huele y hace un gesto de rechazo, busca alguna otra cosa para comer, pero no encuentra. Entra Guido que llega de la calle.)
Guido: ¡Que frío está haciendo! Es una barbaridad. Frotándose una mano con la otra, se sienta en una silla y se cruza de piernas.)
Ramón: ¿De dónde venís?, si se puede saber... (sentándose en otra silla)Guido: (Lo corrige.) Hola... buenas tardes, ¿cómo estás? Bien, ¿y vos? (Ramón le hace un gesto de impaciencia, espera una respuesta.) ¡Bueno, bueno! qué cara larga, ¿quién se murió?
Ramón: (Preocupado, se toma la cabeza con las dos manos y se inclina hacia delante.) Es que recién estuve hablando con la vieja...
Guido: (Paciente) Ay, nene... está bien que está un poco arruinada, pero no le digás vieja, queda feo, che...
Ramón: ¡Bueno!, con la Sandra esa... (sin dirigirse a Guido, pero hablando en voz alta para que el público lo escuche), parece que el plan va perfecto. ¡La tengo rendida a mis pies! Así tiramos unos meses más...
Guido: ¿De qué hablás, Ramón?
(Entra Sandra abrigada hasta la exageración, con una bolsa de pan en la mano. Ramón le hace un gesto a Guido para que no siga con la conversación.)
Sandra: ¡Es increíble el frío que hace! (Se saca el abrigo y lo deja apoyado en el respaldo de una silla.) Traje el pan, lo último que tenía Tito, una flauta. Menos mal que no hace falta leche ni nada, porque los supermercados están vacíos con esto del campo y qué se yo... (Advierte la presencia de Guido y se dirige a él amable.) Hola, Guido, ¿qué tal? (Se inclina y lo saluda con un beso en la mejilla.)
Guido: (Sonríe.) Bien, muy bien (mientras Ramón levanta el pan que Sandra dejó sobre la mesa y empieza a comerlo). Justo le estaba contando a Ramón lo bien que te veo últimamente. (Se pone de pie y la hace girar, como si fuera un paso de baile, Sandra sonríe. Ramón los mira y asiente con la cabeza mientras come.) ¡Estás hecha una pendeja!... te voy a prestar una cremita humectante para el cutis. (Le pasa la mano por la mejilla, Sandra se deja tocar.) Te va a venir bárbara (volviendo a la silla, sin darle la espalda a Sandra). ¿Tenemos algún novio escondido por ahí, algún amor?, ¿eh?
Sandra: (Tímida.) Tengo un amor por ahí (mira de reojo a Ramón que sigue comiendo el pan), pero no es mi novio.
Guido: (Festeja.) ¡Bien!, el amor rejuvenece al alma, dicen... (Hay una pequeña pausa, durante la cual Guido mira pensativo a Sandra, que mira a Ramón, quien a su vez observa el pedacito que le queda del pan. Se reincorpora.) Bueno, voy a darme una ducha rapidita. (Se pone de pie y se acomoda los pliegues del pantalón.)
Sandra: (Buscando platos en un armario) ¿No querés comer con nosotros, Guido?
Guido: No, te agradezco, ya comí (saliendo), después los veo (sale).
Ramón: Voy con vos. (Se pone de pie dispuesto a irse.)
Sandra: (Que ya había servido un plato de comida.) ¿Cómo, no te quedás a comer? (Con el plato en la mano.)
Ramón: (Se detiene, disimulando la cara de asco, titubea.) No... se me pasó el hambre reina, pero a la noche comemos juntos. (Al salir, ve la hora en un reloj que hay en la pared.) ¡Mirá la hora que es!, voy a llegar tarde a la facultad. Chau, reinita. (Sale de prisa.)
Sandra: Chau, ¡suerte! (Se sienta a la mesa y empieza a comer. Busca el pan y ve migas en el lugar donde había estado sentado Ramón. Levanta la vista, mira hacia donde él salió y suspira.)

Cuadro segundo
En la misma cocina, Daniel camina de un extremo a otro. Viste un traje negro, corbata y zapatos. Sentada a la mesa está Sandra, erguida y con la mirada al frente. Todo está ordenado y limpio.
Daniel: Tengo que felicitarte, esta cocina está limpia como nunca la había visto antes.
Sandra: Limpiar es parte de mi trabajo, no tiene que...
Daniel: (En un tono de voz más alto.) Cobrarle a los inquilinos también es parte de tu trabajo, y sin embargo no puedo felicitarte por eso. (Sandra no responde, pero está temblando. Daniel suaviza la voz, deja de caminar y le habla más cerca.) Ya pasaron casi cinco meses y todavía no recibí ni un peso de la parejita del tres.
Sandra: (Tiembla, suelta una risita nerviosa.) No son pareja...
Daniel: (Paciente) No me importa lo que sean (se sienta en una silla), pero si esa plata no me llega antes de mañana a la mañana, te voy a despedir, "¿capishe?". (Se pone de pie, Sandra tiembla cada vez menos. ) (Saliendo.) Hasta mañana.
(Al mismo tiempo que sale Daniel, entra Guido. Sandra lo ve y se pone de pie dándole la espalda, mientras simula cocinar.)
Sandra: (Seca.) Hola, Guido.
Guido: Sandrita, Sandrita (animado), yo sabía que algún día acá iba a venir gente de clase a vivir (sentándose). Hay un autito hermoso estacionado en la puerta, ¿lo viste? Es un lujo. (Sandra no contesta y sigue dándole la espalda.) ¡Eh!, Sandrita, ¿me oís? ¿Qué tenés, nena?, ¿estás temblando? ¿Viste el auto?, es rojo pasión... una belleza.
Sandra: (Va a sentarse, preocupada.) No, no vi el auto.
Guido: ¡Nena!, ¡nenita!, ¿qué tenés?, ¿qué es esa carucha?
Sandra: (Preocupada.) Nada, no es nada.
Guido: Dale, contame (disimulando su propio interés.) ¿Es por el tipo que salió recién?
Sandra: (Nerviosa.) Ese tipo es Daniel, el dueño de esta pensión (indignada), ¡y acaba de amenazarme con que me va a echar si mañana a la mañana no le doy la plata que ustedes le deben! Es increíble.
Guido: (También indignado.) ¿Perdón?... ¿qué le debemos?
Sandra: (Insistente.) Sí que me deben... dale, Guido, hace cinco meses que no me pagan el alquiler (apenada); yo tendría que haberle insistido a Ramoncito, ¡tendría que haber sido dura con él para que me pague! (Guido está desconcertado.) Pero dejé pasar un mes, dos meses... Él me explicó que la plata la había llevado al orfanato, y que también había gastado en libros y cosas para estudiar... ¡Y ahora estoy metida en un lío!Guido: No entiendo, ¿qué orfanato?, ¿de qué hablás? Cómo puede ser si...
Sandra: ¡Puede ser, puede ser! Ahora, en cuanto lo vea, lo agarro y le digo de todo, me va a tener que pagar como sea. Y a vos, Guido... (Se pone de pie y apoya las palmas de las manos sobre la mesa.)
Guido: ¡Te digo que no entiendo! Si yo todos los meses le pasé a Ramón mi parte para que te pagara. Él me dijo que se iba a encargar, por eso yo le daba la plata a él (pausa) ¡Qué orfanato ni que orfanato!, y en casa lo que menos hay son libros, nunca estudia ese vago.
Sandra: ¿Entonces?, ¿qué hizo con la plata? (Se sienta lentamente.)Guido: Que se yo, me encantaría saberlo. (Pausa, los dos quedan pensativos.) Este Daniel también debe ser un atrevido, amenazarte así.. . plata no le debe faltar al muchacho, estaba todo bien vestidito, arregladito y perfumado... (impresionado), y con ese auto. ¡Hay que tener para comprarlo y mantenerlo!
Sandra: (Confundida.) Daniel no tiene auto, cuando viene, lo hace caminando.
(Sandra y Guido se miran en silencio por unos segundos.)
Guido: ¿Será que el muy turro se compró un auto con la plata del alquiler?
(Ramón, mientras entra, escucha las palabras de Guido.)
Ramón: (Sorprendido.)- ¡No se imaginan lo que me pasó! (Guido y Sandra se miran y ninguno le responde.) En el chino de la otra cuadra llené un montón de cupones para un sorteo y... hoy fue el sorteo... Y... ¿a que no saben qué me gané? ¡Me gané un auto!
(Los tres se quedan en silencio. Guido y Sandra miran a Ramón, después cruzan sus miradas y, cuando vuelven a mirar a Ramón, este sale corriendo fuera de escena; entonces Guido y Sandra corren a atraparlo.)

Cuadro tercero
Guido está en la cocina y tiene una valija en cada mano, Sandra está parada escribiendo una nota sobre la mesa. En el piso se encuentra sentado Ramón, atado y amordazado. La cocina está toda sucia y desordenada, hay ollas tiradas en el suelo y basura por todos lados.
Guido: ¡Vamos, nena! Apurate, que ya va a llegar.
Sandra: Ya va, ya va. (Termina de escribir la nota y, con una etiqueta de algo de la basura, se la pega en la frente a Ramón, le revisa los bolsillos y le saca la llave del auto. Guido y Sandra salen de escena corriendo. Ramón queda solo e intenta desatarse, gime. Unos segundos después, entra Daniel.)
Daniel: (Horrorizado.) ¿Qué pasó acá? ¡Esto es un desastre! ¿Qué hacés ahí? (Ve a Ramón y va hasta él abriéndose paso entre la basura. Ramón intenta hablar pero no puede, se mueve desesperadamente procurando desatarse. Daniel le despega sin ningún cuidado la nota de la frente y la mira.) Esto es para mí... (Camina entre las ollas, pateándolas violentamente mientras lee la nota.) ¡Esta perra se fue! (Murmura mientras lee.) “...Ramón para que te ayude, ...ordenar la cocina...” (Mira a Ramón.) ¿Vos sos Ramón? (Ramón niega con la cabeza, Daniel se le aproxima y se agacha a su altura, le habla despacio y desde cerca.) ¿Vos sos Ramón? (Ramón, miedoso, asiente con la cabeza. Daniel se pone de pie y sigue leyendo, murmura.) “...el que te debía... suerte a los dos, Sandrita y Guido”. (Daniel dobla la nota y se la guarda en el bolsillo, se acerca a Ramón para desatarlo.) Bueno, Ramón, vas a empezar por la cocina, ¿capishe?, después seguís por el baño. Vas a saldar tu deuda, barriendo todo el pasillo, limpiando vidrios… (Sigue enumerando mientras se bajan las luces hasta el apagón final.)